—¿Y por qué no? —sonrió de lado—. ¿Acaso no te gustaría tener otro hijo conmigo?
—¡Eso no es lo que te estoy preguntando! —se alteró.
—Sí, lo hice a propósito —admitió sin una gota de arrepentimiento en su voz—. ¿Contenta?
—¿Cómo pudiste? —dio un paso atrás, asombrada por la crudeza de su confesión.
—¿Tan malo es?
—Debiste preguntármelo —alzó la voz, molesta. Un hijo no era algo para tomar a la ligera. Era una vida más. Era una decisión demasiado importante—. ¿Qué te hace creer que quiero tener