La cena ya había quedado atrás. Habían ido a una pequeña pizzería cerca del parque y las niñas venían con los rostros llenos de salsa, riendo por cualquier cosa. Las había bañado, puesto sus pijamas y ya estaban todas listas para ver una película cuando, de repente, sonó el timbre. No lo esperaba.
¿Quién más podría ser, si no era…?
No, tenía que ser él.
Miró por la mirilla y entonces lo confirmó. Su corazón se aceleró de inmediato.
Se suponía que le había dicho a Enzo que no viniera, pero aquí