Valeria seguía de pie, inmóvil, observando a las trillizas dentro del circuito de carritos chocones.
Sus pensamientos eran un caos, su mente no dejaba de reprocharle su propia debilidad. Lo irónico de todo era que, a pesar de que habían pasado los minutos, todavía sentía el efecto del aliento de Enzo en su nuca. Y tan solo eso era suficiente para hacer sus manos temblar.
¿Tan mal estaba?
¿Tan masoquista era?
Estaba a punto de regañarse a sí misma por enésima vez cuando algo inesperado apareci