—No creas que vas a poder jugar conmigo.
Los ojos del hombre se desviaron hacia sus labios, manteniéndose fijos en ese lugar durante un tiempo nada sensato, lo suficiente como para detallar la carnosidad de los mismos y lo exquisito que le quedaba ese tono de labial rojizo.
—¿De verdad… crees que no voy a poder hacerlo? —jadeó ella con voz entrecortada. Lo hizo completamente a propósito.
Enzo la miró de nuevo a los ojos y entonces comprendió la trampa.
—Valeria… —gruñó como si no quisie