—Señor, la señorita Verónica Muñoz solicita verlo —informó su secretaria por medio del intercomunicador de su oficina.
—No conozco a nadie con ese nombre. Así que dile que se vaya —fue su respuesta. Fría y cortante.
En realidad sabía perfectamente de quién se trataba, pero ¿qué tenía él que hablar con esa infeliz que había golpeado a su esposa estando embarazada? Ciertamente nada.
Las horas transcurrieron y, sumido en su trabajo, el sol se ocultó y llegó la noche.
Por lo general solía hacer