Bratt no se rindió.
Y Valeria debía reconocerlo: le gustaba.
Aquello no quería admitirlo en voz alta, pero hacía años que no se sentía tan inquieta con solo pensar en un hombre.
La tensión entre ellos crecía cada vez más, cuando coincidían en los pasillos, en una reunión, o incluso cuando él pasaba frente a su escritorio y le dedicaba una mirada cargada de algo que no se podía disimular.
No quería complicaciones. No ahora. Su vida estaba perfectamente ocupada por sus hijas, su trabajo y su p