Allí, de pie junto a Viktor frente a un altar improvisado, estaba Anya, pero no era la Anya que él conocía y amaba, la mujer vibrante y llena de vida que iluminaba todo a su paso.
Esta Anya parecía una muñeca rota, una cáscara vacía de sí misma, su rostro estaba pálido y demacrado, sus ojos apagados y sin brillo. Aunque estaba impecablemente vestida y peinada, Alexei podía ver los signos de tensión y miedo en la rigidez de sus hombros, en la forma en que sus manos temblaban casi imperceptibleme