La brisa tibia de la tarde acariciaba las arenas blancas de la playa privada en la idílica isla griega donde Anya y Alexei disfrutaban de su apasionada luna de miel. Habían dejado a Yuri en la villa Petrov al cuidado del abuelo Anatoly y la nana Sonya, deseosos de tener este tiempo a solas como recién casados.
Anya caminaba descalza junto a la orilla, dejando que las cálidas olas del mar Egeo mojaran sus pies desnudos lentamente. Vestía únicamente un ligero pareo de gasa color turquesa que se a