Chris.
Le eché agua en la cara a Robert para que despertara. Él se sobresaltó y comenzó a toser como un loco, hasta que se cagó al verme frente a él.
Lo había atado a una silla de hierro, ambos estábamos en un cuarto vacío que solo era iluminado por una bombilla. Solíamos usarlo para interrogar a nuestras víctimas antes de matarlas.
—¿No te da gusto verme? —pregunté, calmado.
—Vete al infierno.
—Me iré cuando muera, eso es seguro... Pero tú tendrás que adelantarte —Arrugué la boca, comprensivo.