Lilia.
Estaba agotada, ya no podía más. Le canté una canción de cuna a Evelyn y después de media hora fue que se quedó dormida.
Salí de la habitación, le ordené a una sirvienta que la mantuviera vigilada, y caminé directo al comedor. Iba a llegar tarde al almuerzo.
Suspiré.
Cuando crucé una esquina, Samira iba en la misma dirección que yo y con su pequeña hija de cinco años al lado.
—¡Samira!
Se giró.
—Oh, Lilia. ¿Vas al comedor?
—¿Qué comes que adivinas? —bromeé, dándole un leve golpe en el ho