Damián
—¿Cómo no me dijiste lo que los herejes querían? —me preguntó ella, mirándome con preocupación mientras veíamos a Pascal y sus hijos irse alejarse. Sabía que, por ahora, se habían marchado, pero volverían. Eva tenía razón: venían cada cierto tiempo a reclamar sus estúpidos pactos, como una mala enfermedad cíclica.
—¿Cómo decírtelo? No quería preocuparte… solo de pensar en perderte… —le dije, tomando su rostro.
La había perdido ya tantas veces, y otras tantas la había recuperado. La últim