Ricardo
—¡Papá! ¡Solo escúchame!
—¡Basta! ¡Basta, Ricardo! Sé que estás golpeado por la situación y por lo de tu madre. ¿Crees que yo no lo estoy? ¡Es mi mate, por todos los cielos! —chillaba mi padre.
Nos habíamos quedado unos pocos guerreros y la comitiva más cercana de Sombras de la Noche. Damián se había ido pavoneándose, había terminado como el salvador y eso no era nada, nada de lo que había imaginado.
—¡Él tiene que ver, lo juro! —indiqué. Él se acercó, me tomó por el cuello de la camisa