El viernes por la tarde, el ambiente en la agencia Fitzwilliam tenía esa vibración eléctrica y apresurada de quienes cuentan los minutos para el fin de semana. La orden general había sido clara: el equipo creativo podía terminar de enviar sus reportes y correcciones desde la comodidad de sus hogares. Un murmullo de alivio colectivo recorrió los pasillos de cristal. Todos recogían sus cosas con rapidez, deseosos de escapar de la tensión asfixiante que había imperado en el edificio durante los úl