El doctor bajó la tabla y le ofreció una sonrisa tranquilizadora que hizo que a Regina le volviera el alma al cuerpo.
—Tranquilícese, señorita. Ha sido un susto grande, pero afortunadamente logramos estabilizarla a tiempo. Ella y los bebés están fuera de peligro.
El mundo de Regina se detuvo en seco. Parpadeó varias veces, sintiendo que sus oídos le estaban jugando una mala pasada.
—¿Los... los bebés? —repitió Regina, con la voz ahogada en un hilo, abriendo los ojos desmesuradamente—. ¿En plura