Mientras tanto, en el imponente edificio de la agencia publicitaria, el ambiente en el último piso era diametralmente opuesto. Massimiliano Fitzwilliam estaba sentado en su despacho, con la taza de café humeante a un lado y la mirada fija en su monitor. Estaba revisando los ajustes finales de la campaña que Alisson había enviado de madrugada.
A medida que pasaba las diapositivas y analizaba los vectores, el ceño fruncido del magnate se fue relajando. Los diseños eran, sin exagerar, brillantes.