Dentro del cubo de las escaleras, la luz era tenue y el aire fresco. Massimiliano la soltó con cuidado, dejándola apoyarse contra la barandilla de concreto, pero manteniéndose a escasos centímetros de ella, bloqueando cualquier ruta de escape. Su respiración estaba agitada y sus ojos la recorrían de arriba abajo, evaluando el daño. Miró instintivamente hacia arriba y hacia abajo por el hueco de las escaleras, asegurándose de que nadie más estuviera allí, de que ningún empleado inoportuno pudier