Massimiliano no dudó ni una fracción de segundo. La transformación fue instantánea. El hombre frustrado y arrogante desapareció, dándole paso al depredador absoluto. Sus ojos se oscurecieron con una furia letal.
—Quédate exactamente donde estás —ordenó él con una voz tan gélida y autoritaria que no admitía la menor objeción.
Se abrochó los puños de la camisa con una calma aterradora, caminó hacia la entrada y, de un solo movimiento fluido, quitó los seguros y abrió la puerta de par en par.
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