Los pasos de Alisson eran rápidos, casi erráticos, mientras cruzaba el inmenso lobby de mármol de la agencia. Tenía la vista nublada por las lágrimas que se negaban a dejar de caer y la respiración entrecortada. Solo quería cruzar las puertas giratorias y desaparecer, ser tragada por el bullicio de la ciudad y olvidar que alguna vez había pisado ese edificio.
Pero antes de que pudiera alcanzar la salida, una mano cálida se cerró suavemente alrededor de su muñeca.
—¡Alisson, espera! —la voz de