El trayecto en el ascensor privado hasta el último piso transcurrió en un silencio tan profundo que parecía asfixiarlos a ambos. Alisson mantenía la vista clavada en las puertas de metal, abrazándose a sí misma, todavía temblando por el bochornoso espectáculo que su madre acababa de protagonizar en el lobby. Massimiliano, a su lado, era una estatua de hielo, con la mandíbula apretada y la mirada fija al frente.
Apenas cruzaron las puertas de cristal del despacho presidencial, el mundo exterior