El sabor del caldo casero aún persistía en el paladar de Alisson, pero no había logrado asentar su estómago. De vuelta en su escritorio, el reloj parecía avanzar con una lentitud exasperante. Sus compañeros seguían comentando lo increíble que había sido el almuerzo sorpresa, elogiando la supuesta "generosidad" del presidente.
De pronto, la pantalla de su teléfono móvil se iluminó sobre la mesa de cristal. El nombre en la pantalla hizo que la poca sangre que le quedaba en el rostro se esfumara