Alessandra Santoro estaba de pie frente al mostrador de seguridad, con un abrigo de piel que parecía un insulto en un lugar dedicado al dolor, y una expresión de arrogancia que ni siquiera las cámaras de seguridad podían ignorar.
—Soy su hermana —espetó Alessandra, golpeando el mostrador con sus uñas perfectamente esculpidas—. Tengo todo el derecho legal de saber qué está pasando con Alisson y con los herederos de mi padre.
—Usted no tiene nada aquí, Alessandra.
La voz de Massimiliano Fitzwill