La invitación había llegado de la manera más formal posible: una tarjeta grabada con el escudo de la familia Fitzwilliam, entregada directamente en el escritorio de Alisson. No era una orden de Massimiliano, sino un gesto personal de Guido Fitzwilliam. Después del éxito de la presentación, el patriarca había decidido que era hora de sentarse a la mesa.
Alisson pasó horas frente al espejo del vestidor en el penthouse. Su vientre de casi seis meses ya era una presencia indiscutible que dictaba su