El sol de la tarde comenzaba a ocultarse, tiñendo las paredes de cristal con tonos ámbar y lila. En lo que antes era una habitación de huéspedes minimalista y fría, ahora latía el corazón del nuevo hogar que Alisson y Massimiliano habían construido.
Las cajas de madera y los envoltorios de seda estaban esparcidos por la alfombra blanca.
Alisson, sentada en una mecedora de madera clara, observaba a Massimiliano. Era una imagen que nunca se cansaría de guardar en su memoria: el hombre que hacía