Los bocetos estaban desplegados sobre la mesa de luz, el suave murmullo de las computadoras llenaba el ambiente y, por unas horas, el escándalo parecía pertenecer a otra vida. Pero los Santoro nunca permitían que la paz durara demasiado.
El sonido de las puertas del ascensor de carga abriéndose interrumpió el flujo de trabajo. Dos hombres vestidos con impecables uniformes de servicio de entrega de alta gama entraron al piso, empujando con extremo cuidado una plataforma rodante. Sobre ella desc