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En su solitario departamento, Fernando se servía un vaso de Bourbon. Tocándose el brazo, lo sintió adolorido por las balas de pintura. Sonriendo para sí mismo, recordó la risa perversa de Aitana Bellucci en el gotcha; ella realmente se había divertido, y aquella había sido la primera vez que no la miraba con el ceño fruncido o esa permanente mueca de disgusto dibujada en su hermoso rostro. Había valido la pena haber sido su blanco, pues al menos por ese rato ella se olvidó de todo aquello que s
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