Aitana cerró los ojos y echó su cabeza hacia atrás cuando él descendió por su cuello sus labios, para probar sobre la tela uno de sus carnosos senos y apretar el botón de rosa del otro, él apretó sus piernas al sentir su intimidad casi palpitar provocándole una oleada de placer.
—¡Dios! Fernando…— Aitana mencionó jadeante, y sintió la necesidad de decirle cuánto le estaba gustando, pero no se atrevió.
—Ya no aguanto, Aitana…te necesito…— le aseguró él, y en un instante, metió una de sus manos e