La castaña instintivamente retrocedió, hasta pegar contra la puerta asegurada del auto, y luego tembló al ver diversión y un brillo ligeramente conocido por ella en los ojos zafiros de su esposo.
—Eres un pervertido… — dijo la castaña.
— Nunca te obligó a hacer nada que no quieras… — le recordó él al posar una de sus manos en su cadera y con la otra apoyarse del respaldo del asiento.
Fernando le había susurrado al oído haciéndola estremecer por la calidez de su aliento. El momento se le antojó