El viaje a la sierra me resultó eterno. El limpiaparabrisas no paraba de sonar contra el cristal y el motor era lo único que se oía en mitad de una noche larguísima. Nos tomó más de cuatro horas llegar porque tuvimos que dar mil vueltas por carreteras secundarias para esquivar a la policía. Para cuando la furgoneta empezó a subir las curvas de la montaña, los tres estábamos reventados de cansancio.
Iba pegada a la ventanilla, con la cabeza apoyada en el cristal frío. Tenía la boca ardiendo por