El aire en la habitación se volvió sofocante en cuestión de segundos. Sentir el peso pesado y sólido de su cuerpo sobre el mío, sumado a la presión firme de su mano envolviendo mis dos muñecas por encima de mi cabeza, me producía una mezcla violenta y confusa: por un lado, una rabia ciega que me quemaba por dentro; por el otro, un cosquilleo caliente e incontrolable que descendía desde mi pecho hacia mi vientre, erizándome cada poro de la piel.
—¡Suéltame! —le exigí entre dientes, intentando z