Me quedé un buen rato en la habitación con el pulso todavía acelerado. Con los pantalones de mezclilla y el suéter ancho ya puestos, la sensación de estar encerrada comenzó a sofocarme más que la propia paranoia. Necesitaba aire, pero sobre todo, necesitaba entender si la amenaza venía de afuera o de adentro.
Salí del cuarto, al llegar a la cocina, me topé con Sofía, quien guardaba una vajilla de loza en la alacena. Al verme ya vestida, me sonrió con cierta picardía disimulada.
—Veo que sobrevi