Las palabras de Marco congelaron el aire. El eco del ultimátum de mi padre se quedó flotando en el ambiente, espeso y sofocante, como el humo después de un disparo.
—«Vienes a mí o la anciana muere» —repetí en un susurro, sintiendo que las piernas me temblaban—. Sabe perfectamente dónde darnos...
—No te va a dar en ningún lado porque tú no vas a ir —sentenció Vega con la voz hecha un témpano de hielo.
Me giré hacia él de golpe, encarándolo en medio de la sala.
—¡Es Carmen, Vega! —le espeté con