En toda mi vida jamás había sentido una sensación semejante a la que ahora, tenía que experimentar. Estaba desprotegida, sola, enteramente vulnerable. Ni siquiera podía usar mis puños para tratar de defenderme. No lo estaba logrando. Mi cuerpo mismo estaba jugándome en contra. No podía pelear de ninguna manera y eso, generaba una impotencia que se mezclaba con el terror.
—Por favor… No soy una de ellas… No soy una sumisa… —solté, con los ojos llenos de lágrimas.
Si la piedad existía, rogaba que