—¿Qué demonios…? Maldita perra… —soltó Scott, sujetándose la herida en la pierna que le provocó la bala.
Disparé nuevamente hacia su brazo, para que no pudiera sacar su arma. Logré darle cerca del hombro. La sangre comenzó a regar el suelo.
—Eres… ¿Cómo has podido? —masculló, ensangrentado, tosiendo, mirándome con un odio terrible.
Quería gritar, pero no tenía la fuerza, estaba muy herido. Me acerqué a él.
—¿Creíste que me engañarías así de fácilmente? —pregunté, con un tono de voz severo.
Daem