—¿Qué demonios quieres? —preguntó Daemon, gritando hacia la puerta sin abrirla.
Yo estaba encima de él, toda mi desnudez brillaba y el seguía acariciándome por muy molesto que estuviera de la interrupción.
Sus ojos brillaron cuando me miró. Vi algo en ellos, algo indescriptible. Sentí que mi estomago cosquilleaba y la sensación de calor se transformó en emoción.
No, no era amor. Teresa, deja de pensar en esas tonterías. Un mafioso no puede sentir amor. El solo me ve como a una esclava con la cu