XENIA
Ya no pude protestar. Me encontré respondiendo al beso de Adriel. Tampoco me entendía a mí misma, porque no podía obligarme a rechazarlo. Y aunque todavía estaba molesta, la molestia desaparecía rápidamente, como una burbuja, cada vez que él me besaba, y me descubría devolviéndole el beso, justo como ahora.
¿Cómo no responder cuando él me besa así? Suave y con cuidado. No es como la primera vez que me obligó a besarlo. Pero ahora es diferente. Es embriagador.
Me tomó por la cintura y colocó mi mano alrededor de su cuello. En secreto, me alegraba porque parecía que no podía resistirse a mí. Pero ¿no me debía también una disculpa? Me gritó y hasta destruyó mi teléfono.
Retiré mi brazo de su cuello, lo apoyé en su pecho y lo empujé suavemente. Vi la sorpresa en su rostro cuando me miró.
—¿Eso es todo? Después de gritarme y destruir mi teléfono, ¿me besas como si nada hubiera pasado? —reclamé.
La expresión de Adriel se suavizó de repente y respiró hondo. Arregló mi cabello, llevándo