Ariella no había dicho ni una palabra desde mi amenaza de hacerle quién sabe qué en el hospital.
Incluso ahora, en el coche de vuelta a casa, permanecía en silencio, mirándome de vez en cuando con escepticismo. Su cabello negro azabache le caía ligeramente sobre los ojos cuando me miraba a través de él.
Había sido una frase impulsiva, dicha sin pensarlo mucho, pero cuanto más me rondaba la cabeza, mayor era la tentación.
Era un pensamiento depravado, considerando que hacía un día podría haber s