La mañana irrumpió en el ático con una luz grisácea y una tensión que se podía cortar con un bisturí.
Daniela se había despertado sintiéndose un poco mejor físicamente, pero el peso emocional de la mentira la hacía sentirse como si estuviera cargando con el mundo entero sobre sus hombros.
No sabía que, mientras ella intentaba recomponerse frente al espejo del tocador, el arquitecto de su vida ya había movido las piezas finales de su tablero.
El timbre sonó a las ocho en punto.
Elliot, que ya