La mañana en el ático de Manhattan se sentía como si el aire hubiera sido reemplazado por cristales molidos.
El sol de abril entraba por los inmensos ventanales con una claridad casi increíble, iluminando la superficie de mármol de la cocina donde Daniela intentaba, con un optimismo que flaqueaba por momentos, organizar un desayuno que estuviera a la altura de la leyenda de los Vance.
Elliot se movía con la energía frenética de quien tiene un imperio que dirigir.
Llevaba un traje gris marengo