El cristal empañado del pequeño café en las afueras de Queens apenas dejaba ver el rastro de la lluvia sucia que caía sobre el asfalto.
Dentro, el aire olía a café quemado, desinfectante barato y a ese rancio aroma de los lugares que no han sido renovados en décadas.
Enma jugaba nerviosamente con una cucharilla de plástico, golpeándola rítmicamente contra el borde de la mesa de forma desconchada.
Sus dedos temblaban ligeramente, no por el frío, sino por esa electricidad punzante que recorría