La limusina se detuvo suavemente frente al imponente edificio de la Quinta Avenida.
El chófer abrió la puerta con discreción profesional, y Daniela descendió primero, todavía con las mejillas sonrojadas y las piernas ligeramente temblorosas por lo que acababa de suceder en el interior del vehículo.
Elliot la siguió de cerca, colocando una mano posesiva en la parte baja de su espalda mientras entraban al vestíbulo privado.
El ascensor los llevó directamente al ático. El silencio entre ellos er