Mariana se mantenía tras las cortinas de su habitación, observando con una amargura que le quemaba la garganta cómo el mundo que ella creía suyo se desmoronaba frente a sus ojos. Abajo, en la entrada de la mansión, Benedict caminaba con esa seguridad que siempre la había deslumbrado, pero que ahora le revolvía el estómago. Lo vio detenerse frente a Emma y, con una galantería que jamás había tenido con ella, le abrió la puerta del auto. Antes de que Emma pudiera subir, Benedict la tomó por la nu