—¡Maldita sea! —gruñó Noah, lanzando el teléfono contra la pared apenas terminó la llamada.
El estallido del aparato no fue suficiente para calmar el pánico que le subía por la garganta. Con un movimiento errático, golpeó la cómoda de madera, rompiendo un frasco de perfume que estalló en muchos pedazos. Un fragmento de vidrio le cortó la base de la palma, y la sangre comenzó a brotar de inmediato, mezclándose con el líquido aromático. No se detuvo a limpiarse; simplemente tomó un pañuelo y apr