Benedict detuvo el auto frente a la hilera de boutiques más exclusivas de la ciudad, entregando las llaves al valet sin siquiera mirarlo. Bajó del vehículo y rodeó el capó para abrir la puerta de Emma, ofreciéndole su mano con caballerosidad y dándole una sonrisa ladeada. Caminaron por la acera de mármol pulido y Benedict no soltó su mano ni un segundo, entrelazando sus dedos con fuerza mientras la guiaba hacia la primera tienda de artículos para bebé. Emma se sentía radiante, el vestido de mat