El cuerpo de Angélica aún temblaba bajo las sábanas de seda oscura cuando el Ruso acomodó su espalda contra el respaldo de la cama, exhalando una nube densa de humo tras encender un cigarrillo. Inhaló lento, disfrutando del silencio que solo queda después de una tormenta de piel y sudor.
Sin duda aquel había sido un excelente polvo. Por supuesto el mercenario era un hombre que había tenido en su cama a cientos de mujeres, pero sorprendentemente ninguna le había dado el placer que la mujer que