Benedict no le dio tiempo a recuperar el aliento ni a procesar la noticia de la boda. La segunda ronda comenzó con una ferocidad que dejó claro que su deseo por ella era un pozo sin fondo. La tomó por la nuca, hundiendo sus dedos en su cabello rubio para obligarla a mirarlo a los ojos mientras la besaba con una desesperación que sabía a urgencia y a licor. Emma correspondió con la misma fuerza, sus manos recorriendo la espalda de Benedict, clavando las uñas en su piel a través de la fina tela d