Benedict no esperó a que el chófer terminara de alejarse en la oscuridad de la carretera. En cuanto la puerta se cerró y el silencio del solitario lugar rodeó la camioneta, sus manos grandes y expertas subieron por los muslos de Emma, amontonando la tela negra del vestido en su cintura.
—Encaje... —susurró con una sonrisa ladina, cuando la tela de sus bragas apareció ante su vista, una barrera delgada que Benedict comenzó a palpar con una urgencia evidente. Sus dedos rozaron el centro de su se