El silencio que siguió a la pregunta del sacerdote se volvió una masa espesa que apretaba los pulmones de todos los presentes. Noah sentía que la sangre le golpeaba las sienes con la fuerza de un mazo, sus manos aferradas a la madera del banco delantero hasta que sus nudillos perdieron todo rastro de color. Tenía la verdad en la punta de la lengua, el deseo de gritar que esa mujer le pertenecía, que ese bebé podía ser suyo y que Benedict estaba cometiendo el error de su vida al desafiarlo. Pero