—¡Espera! —exclamó Emma, casi tropezando con la cola de su vestido mientras intentaba seguirle el paso a Benedict.
El hombre avanzaba con una determinación eléctrica, sus pasos eran tan largos que ella tenía que dar dos por cada uno de los suyos. Benedict no se detuvo hasta que llegaron a la salida, donde la brisa nocturna golpeó el rostro de Emma, refrescando un poco la piel que aún sentía quemada por el roce de Noah.
—A dónde vamos? —preguntó.
Él se giró, con la mandíbula todavía apretada y