Robert cruzó el umbral del salón de fiestas con el rostro transformado en piedra. Ignoró el murmullo de los invitados que aún charlaban comodamente en las mesas y se dirigió directamente a la habitación privada donde Emma permanecía refugiada. Dentro, el ambiente era asfixiante. Emma estaba sentada en un rincón, con el vestido de novia extendido a su alrededor como una mancha de nieve sucia; se sentía miserable, con el maquillaje arruinado y el corazón latiéndole con una fuerza irregular. Noah