El aire frío de la noche envolvía el puerto abandonado, mientras las olas golpeaban con suavidad las rocas cercanas. Agatha y Samer avanzaban con cautela, manteniéndose en las sombras. El lugar estaba más vigilado de lo que esperaban; cada rincón parecía esconder un par de ojos atentos.
—No podemos acercarnos demasiado —murmuró Agatha, agachándose detrás de una pila de contenedores oxidados—. Hay más hombres de los que imaginábamos.
Samer, quien observaba con unos binoculares de visión nocturna